Mis amigas de pelo verde (y las demás)

Mónica nos hace una oda sobre la amistad mientras reflexiona sobre la relación con sus amigas

Ilustración de María Errehache

El tema de este mes es “verde”. Me enteré de esto a través del email informativo que nos manda nuestro querido equipo de PK estando justamente delante del flequillo verde de una de mis amigas, y ahí dije: “¡Voy a escribir sobre mis amigas de pelo verde!”. ¿Por qué no? Una pequeña oda a la amistad. Con la excusa del tema verde, utilizo aquí (con su explícito consentimiento) a mis amigas de pelo verde como excusa para hablar de la amistad; no de la amistad así en abstracto, sino de cómo yo la vivo desde mi posición de introvertida con habilidades sociales más que torpes. Mis amigas del pelo verde no son las únicas, ni las mejores (pues no me gusta establecer jerarquías entre vosotras, queridas) amigas que tengo; son personas extraordinarias que, junto a otras no peliverdes, me acompañan muy hondo y saben comprenderme y apoyarme.

Algunas de ellas son viejas amigas, otras no tanto.
Algunas de ellas ya no lo tienen verde, y otras se lo acaban de teñir.
A otras ni se les ocurriría ponerse ese color en la cabeza.
Todas ellas son fuertes, inteligentes, valientes, idealistas y pragmáticas al mismo tiempo. Qué suerte tengo de que estén en mi vida.
Está la que vive lejos, pero que está aquí siempre conmigo.
Están las que viven al lado pero a las que no veo nunca porque soy un desastre. Pero ellas me entienden, saben que ya saldré de mi madriguera, o vienen a verme en ella.

Está la que conocí ya hace más de diez años en un frío puente de diciembre. Desde entonces, nunca hemos podido celebrar un cumpleaños conjunto (¿O sí? Tengo muy mala memoria…). Hemos estado en milmillones de conciertos juntas, en primera fila dándolo todo y también en un rinconcito haciéndonos una crisálida para protegernos de la gente. Cuando estamos cansadas, nos apoyamos literalmente la una sobre la otra. Cuando ella aparece en el espacio que habito, orbito a su alrededor como si fuera un satélite; ella me mantiene el rumbo y no me alejo nunca mucho de su campo magnético, no vaya a ser que me pierda, o peor, que me hable alguien. Si me llama por teléfono, a veces son malas noticias y quiero asesinar a quien le obliga a llamarme. Pero otras veces sólo me llama para preguntarme cuánto zumo de manzana hace falta para el pastel de mijo.

Está la que conocí hace no menos años en esta fría ciudad, no sólo por su temperatura, sino por sus gentes inhóspitas. Ella siempre ha sido un rayo de sol, y no solo porque por entonces su pelo no fuera verde, sino rubio. La he llamado siempre como una muñeca que odia, y lo odia, pero sabe que se lo digo con cariño y me deja; me deja por imposible. La llevo grabada en la piel, pero aún no hemos podido lucir aguacate en ningún viaje juntas. Mi compañera de fatigas ruidosas, la guardiana de mi armario-caja, la que sabe lo que me pasa antes de ser yo consciente.

Luego está la nueva vecina con pelo de piña que me ha enseñado tanto y me ha ayudado a descubrirme, comprenderme y aceptarme como introvertida. Nuestro plan salvaje de sábado por la noche es decirnos buenas noches a las 22h. Nos gruñimos por las mañanas y, así, se hace el día más llevadero. Su radical sinceridad sobre su introversión me ha hecho ser más valiente con la mía, y ahora no la escondo, la luzco orgullosa como bandera.

Tengo la fortuna de tener tres amigas con el pelo verde; pero tengo la inmensísima suerte de tener otro puñadito de amigas de pelos diversos (rubias, morenas, teñidas o no, pelicortas, peliasalvajadas, exrapadas… vosotras ya sabéis quiénes sois) a las que amo y de quienes recibo calor en la distancia. Y digo en la distancia no porque vivan lejos, sino porque a veces, como ahora, me distancio y me acomodo en el fondo de mi madriguera. Es difícil verme, es difícil mantener contacto conmigo, es difícil hacer planes conmigo, pero ellas lo saben, lo entienden y lo respetan.

Este año está siendo especialmente duro. Vaya, está siendo una mierda. Y no las veo lo suficiente, no las llamo lo suficiente, no estoy cerca de ellas lo suficiente. Me da pena. Pero también sé que están ahí. Que me conocen, que saben que me aturullo y necesito mi huequito cuando no me caben las cosas en la vida. Saben que una agenda repleta sin tiempo para mí me envenena. Saben que me sienta fatal pasar el fin de semana en eventos sociales, pero que en pequeñas dosis me sienta genial. Saben que en esos eventos sociales es probable que me quede en un rinconcillo observando lo que pasa y no interactuando demasiado con nadie, excepto con ellas. Saben que no llamo, pero que pienso en cada una de ellas.

Cada una a su manera, todas me ayudan a mantenerme cuerda en mi exilio semi-voluntario. Muchas gracias por estar ahí, amigas.

1 Comentario

  1. Libertad Martí Responder

    No tengo amigas :(, tuve un par de amigas con las que compaginé muy bien, pero en poco tiempo empezaron a salir los problemas, se burlaron de mis manos delgadas, o me hacían comentarios porque no me quería unir a ciertos grupos políticos (ya que pienso que esos a los que me invitaban eran utilitaristas y la gente prepotente), criticaban que tuviera novio, decidí alejarme de una de ellas, la trato poco, ella se sorprendió pero me he alejado muchísimo, de la otra procuro no verla muy seguido. Por eso estoy solita sin amigas.

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