Echando raíces… hacia afuera

Las raíces son el más claro ejemplo de cómo la vida (el ciclo de la vida) se nutre y comienza en la tierra, donde también termina, se descompone y recomienza.

Ilustración: Elisa Sancho

En nuestra más tierna infancia aprendemos que la raíz es algo que poseen la mayoría de las plantas. Sabemos que se esconde bajo tierra para absorber el agua y las sales minerales necesarias para la vida de la planta, le da estabilidad y la fija al suelo. Las raíces son el más claro ejemplo de cómo la vida (el ciclo de la vida) se nutre y comienza en la tierra, donde también termina, se descompone y recomienza.

Pero a lo largo de nuestras vidas, aprendemos, además, que no sólo las plantas echan raíces…también nosotres lo hacemos.

Cuando aún estaba en la Universidad tenía un concepto muy básico y estático de mis raíces. Pensaba que debía quedarme fija en ese trocito de tierra donde nací y crecí, ya que por ello nos pertenecíamos recíprocamente, el lugar donde estaban mis raíces era el mio. Se ve que por entonces yo era una plantita que estaba muy verde aún, asustadiza, con apenas tres o cuatro hojitas tímidas que casi ni se mecían con el viento. Y siempre entendí que las personas, tarde o temprano, teníamos que “echar raíces” y establecernos en un lugar.

Por circunstancias varias me sorprendí a mí misma desenterrando mis raíces de la tierra que me había alimentado por tanto tiempo y emprendiendo sola un viaje a lo desconocido. Mis raicillas inexpertas temblaban de frío y miedo al separarse del mundo que conocía y dominaba, y me invadió una inquietante incertidumbre: ¿serían mis raíces capaces de vivir y anclarse en otro suelo?

Al principio el nuevo suelo me pareció frío, duro e impenetrable. Y mis raíces se agobiaron tanto que se enredaron entre mi pelo rizado, asustadas, y se quedaron en mi cabeza. Entonces me planteé que quizás las raíces no eran lo que yo pensaba que eran… Comencé a echar de menos el suelo en el que crecí, las plantas que solía haber a mi alrededor, el sol que calentaba mis hojas y el viento que apenas las mecía.
Pero hay algo que todos los seres vivos tenemos en común, algo que Schopenhauer definió como Voluntad de Vivir, y sin saber cómo ni por qué, sin enraizarme a la nueva tierra, conseguí sobrevivir y seguir creciendo. Me salieron nuevas hojas, nuevas ramas, las más viejas se consolidaron y fueron creando capas duras de protección a su alrededor.

Mi familia me preguntaba, ¿entonces vas a echar raíces allí? Y yo les respondía que no lo sabía, ni siquiera lo había intentado. Me di cuenta que a pesar de tener un trabajo estable, un hogar fijo, un entorno aceptable… mis raíces siguieron sin penetrar el suelo. Así que dejé de insistirles. Al fin y al cabo todo estaba bien, seguí haciendo la fotosíntesis día tras día sin estar fija al suelo.

Pasó el tiempo y mis raíces se fueron relajando. Las vi alargarse y desenrollarse de entre mis rizos en algunos momentos de felicidad, de tranquilidad, de paz. Comenzaron a explorar el mundo que me rodeaba, pero no por debajo del suelo. Alguna gente me preguntaba ¿y no echas de menos tu tierra, ya sabes, tus raíces? Y yo no entendía la pregunta… mi tierra sí, pero ¿mis raíces? Ellas estaban aquí conmigo, enredadas en mi pelo, descubriendo el mundo a la vez que yo.

Un día sin esperarlo me encontré con otra planta que andaba como yo, según todo el mundo “al revés”: con las raíces por fuera. Sin poder evitarlo nuestras raíces se miraron sorprendidas (nunca antes habían visto otras raíces, pues todas estaban siempre escondidas bajo tierra), se tocaron delicadamente, y después de acariciaron, se entrelazaron y se abrazaron. Hasta yo misma me sorprendí. Desde aquel momento mis raíces aprendieron a abrazar a otras plantas, animales, cosas… aprendieron a abrazar momentos inolvidables, buenos libros, paisajes dignos de ser postales, miradas únicas, conversaciones elocuentes, sabores irrepetibles… pero lo más importante fue que no sólo aprendieron a enredarse en todo eso, sino también a nutrirse de ello, !y pronto comenzaron a salirme florecitas moradas por dondequiera y más ramas, y más hojas, y más raíces!

Fue entonces cuando aprendí una función de las raíces que no conocía, pues normalmente se desarrolla bajo tierra, pero es tan real e importante como las demás: la función de comunicación. Resulta que hay ciertas especies de árboles que unen sus raíces a las de sus árboles vecinos y comparten agua y nutrientes entre ellos, a veces dando lugar a cadenas larguísimas de árboles conectados mediante las raíces. De hecho ésta función incluso puede ayudar a recuperarse a un árbol que esté enfermo o herido, ¿acaso no es maravilloso?

Fui consciente de que no tenemos que “echar raíces” en ningún suelo si no queremos. Nuestra Madre Tierra al completo es el sustrato perfecto para sobrevivir, sin necesidad de enraizarse. Descubrí que podemos vivir donde queramos: en el lugar que nacimos, crecimos, o en el lugar que decidamos. O en todos a la vez, o en ninguno en concreto. El tiempo que queramos en el trozo de tierra que elijamos…todas las opciones son válidas si lo hacemos cuidando y respetando cada sitio que pisamos.

Y de camino aprendí que nuestro concepto de “echar raíces” estaba equivocado de raíz. Echar raíces significa echar las raíces para afuera, llevarlas visibles, en la cabeza, usarlas para acariciar al mundo, a otras personas, animales, plantas, ayudarnos mutuamente, nutrirnos de todo lo bueno y positivo que hay a nuestro alrededor… enredarlas en otras raíces que nos gusten y transmitir energía, conocimientos, alimento, paz y amor.

¿Entonces qué? ¿Nos echamos las raíces? 😉

4 Comentarios

  1. Qué preciosidad, Ingrid! Me ha encantado 😍

  2. Muchas gracias Ludmila! Estoy segura de que tus raíces también andan por fuera de la tierra nutriéndose de todo a su alrededor! 🙂

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