Parar para vivir

La historia del feminismo en Argentina tuvo un antes y un después. El 1er Paro Nacional de Mujeres fue el punto de inflexión

Ilustración: Javi

En el último octubre ocurrieron en Argentina dos hechos muy significativos en lo que hace a la lucha feminista. Sin embargo, esta vez no pasaron desapercibidos en los medios y la violencia que los engendró se propagó rápidamente en las Redes Sociales en forma de fuerza y de irreflenables ganas de terminar con las injusticias. El principal resultado fue el 1er Paro Nacional de Mujeres, un evento que seguramente marcará la historia de la lucha feminista en Iberoamérica.

Pero empecemos por el principio. En Argentina existe hace ya más de treinta años una magnífica tradición conocida como Encuentro Nacional de Mujeres que convoca y reúne a mujeres de todas partes del país en una ciudad designada previamente. Año tras año este encuentro logra congregar a un cada vez más importante número de mujeres (y también a otras minorías) que trabajan en comisiones las problemáticas sociales más acuciantes. Mujeres de manera particular, mujeres de manera organizada, representantes de todo el arco político e ideológico conviven en paz en un fin de semana donde participan activamente de su realidad y buscan transformarla directamente. Todos los encuentros terminan con una marcha pacífica que muestra que la conciencia feminista va creciendo, aunque no sin disensos internos.

La edición del año pasado, 2016, mostró la convocatoria más significativa de todos las ediciones anteriores con alrededor de 70 mil mujeres. Sin embargo, el final de la última jornada poco y nada tuvo para celebrar. Con reclamos por los crecientes casos de femicidios, por el aborto legal y por la liberación de compañeras detenidas injustamente, la marcha preocupó a los sectores más conservadores de la sociedad y terminó con una muy dura represión. Muchas compañeras se vieron afectadas por la inusitada violencia policial y los medios cargaron contra las organizaciones feministas por pintadas en instituciones públicas de la ciudad de Rosario (Santa Fe), sede del Encuentro, pero casi nada dijeron sobre la responsabilidad del Estado en aspectos de la sociedad que siguen sin resolverse para las mujeres argentinas.

Represión policial en el 31° Encuentro Nacional de Mujeres – Rosario, Argentina. Foto de Emergente Medio.

Cuando las aguas turbulentas del enojo y de las chicanas machistas que nunca faltan parecían haberse calmado aquel octubre, tan sólo unos días después del Encuentro apareció muerta una joven de la ciudad balnearia de Mar del Plata. Lucía Pérez, una adolescente de sólo 16 años, se había reunido el mismo fin de semana del Encuentro con dos hombres adultos que la llevaron a la casa de uno de ellos. No queda claro exactamente qué o cómo fue lo que pasó en ese domicilio privado, lo único que queda claro es que Lucía apareció agonizante en una guardia de hospital (en la que fue abandonada por los mismos hombres que habían pasado con ella la noche) y los detalles escabrosos de lo que hicieron con su cuerpo aterrorizaron a la sociedad.

Lucía finalmente murió y se encendió nuevamente la alarma por la violencia, pero sobre todo por la impunidad con la que sus asesinos obraron: en algunos medios se habló de seres diabólicos y salvajes. En otros espacios se hizo hincapié en señalar que lo que ocurrió fue un acto más de hijos sanos del patriarcado que entienden que tienen derecho a decidir sobre el cuerpo de las mujeres. ¿Qué es lo que hace que un hombre crezca y viva creyendo que una chica está para que él haga con su cuerpo lo que quiera? La sociedad patriarcal, impune, violenta y desgraciada.

Muchas  voces acusaron a la adolescente de haberse subido al auto con dos hombres, de haberse drogado con ellos y de, con esto, haber abierto la puerta a que hicieran con ella lo que quisieran. Muchas otras voces, por suerte, escribieron artículos, poemas, descargos en los que señalaron la inocencia de Lucía y cómo nada justifica la violencia brutal con la que se tuvo que despedir de este mundo, tan tempranamente y sin haber podido cumplir muchos de sus sueños, los típicos de una adolescente rebelde.

El rostro de Lucía se convirtió (como ocurre muchas veces en diferentes circunstancias) en la cara del descontento masivo y de la bronca por la hipocresía de una sociedad que se queja por edificios pintados pero que no genera los vínculos de respeto y cuidado entre sus integrantes como para que no ocurra más lo que le tocó vivir a la adolescente marplatense. Del mismo modo que viene sucediendo en los últimos los años, fueron las redes sociales las que empezaron a activar movilizaciones y actos de repudio a lo ocurrido. Mientras los medios masivos de comunicación se enredaban en sí mismos hablando con terminologías anticuadas y sin hacer una mínima revisión de cómo ellos también construyen la cultura del patriarcado, las mujeres de carne y hueso empezamos a organizarnos, a debatir qué hacer, cómo demostrar nuestro fuego interno producto del dolor, la bronca y la tristeza, y así surgió el 1er Paro Nacional de Mujeres en Argentina. 

El evento estuvo constituido no sólo por la cada vez más común marcha a Plaza de Mayo donde miles de organizaciones son convocadas para caminar las veinte cuadras que separan al Congreso de la Casa de Gobierno en la ciudad porteña, sino por un sinfín de réplicas en todo el interior, en ciudades y en pequeños pueblos donde la violencia está enquistada y nadie siquiera la reconoce. Pero además, se sumó una acción novedosa que fue especialmente significativa: las mujeres decidimos parar.

1er Paro Nacional de Mujeres – Buenos Aires, Argentina.
Foto de Emergente Medio.

¿Qué quiere decir esto? El miércoles 19 de octubre, a las 12 horas, las mujeres argentinas detuvimos nuestra actividad laboral en todas partes. Vestidas de negro reglamentario para mostrar el luto por la cantidad de femicidios (que fueron recordados espontáneamente en las redes y demostraron que el de Lucía era tan sólo uno de una extensísima lista de historias reales), las mujeres de todo el país nos congregamos con carteles, pancartas, contando nuestras verdades, las de aquellas que ya no están y tienen que ser recordadas. Pedimos a viva voz también por las cuestiones que parecieran no figurar en la agenda oficial del gobierno y que también contribuyen a generar violencia: la brecha salarial entre hombres y mujeres a igual tarea, el desinterés por tratar el aborto legal, seguro y gratuito, el reconocimiento y la regulación de la tarea de la prostitución, la libertad de aquellas mujeres presas sin juicio, la violencia machista en general. No se dejó de recordar, además, a las travestis asesinadas en manos de la policía, como fue el caso emblemático de Diana Sacayán, luchadora incansable por los derechos de las travestis en el país.

“La Puta que te Paró” fue una de las tantas consignas que se eligieron para sumarse al ya famoso “Ni Una Menos” o al más novedoso “Vivas Nos Queremos”.  El resultado fue increíble y las mujeres pudimos sentirnos hermanadas en una movilización que contó con poca presencia masculina: fue nuestro espacio de reclamo por todas las formas de violencia que sufrimos en nuestro cuerpo y en nuestra mente. Aún hoy hay cuestiones que siguen sin resolverse y muchas otras que llevarán años hasta que puedan ser debatidas de manera libre y sensata. La sociedad argentina sigue todavía siendo hipócrita, machista y prejuiciosa, acostumbra señalar con un dedo los ‘errores’ de las mujeres y justificar fácilmente la ferocidad machista. El patriarcado está vivo, sí. Pero tambalea cada vez con más fuerza.

  • Agradecemos especialmente a Emergente Medio que compartió con nosotres algunas de sus fotos y trabajo para realizar este artículo. Aquí pueden ver sus coberturas: Flickr – Emergente Medio

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