Viajar para redescubrirte

Una Frida viajera decide compartir con nosotres todas sus vivencias y aprendizajes adquiridos tras decidir recorrer Sudamérica sola y de mochilera, con todos los prejuicios que eso supone.

Lago de Maracaibo – Venezuela

Escribir sobre mí siempre ha sido más que un reto, algo así como murmurarme e ir descubriendo aquellas respuestas que en voz alta ni se me ocurriría pronunciar…

Me llamaron Osjanny apenas nací, me redujeron a Os cuando se dieron por vencides en la difícil tarea de recordar todas sus sílabas más su correcta pronunciación y, la verdad, es que ambos nombres me gustan porque mantienen una esencia dual de lo vengo siendo hasta hoy: por dentro mega complicada y autoexigente y por fuera, de vestidos multicoloridos.

Hace unos meses, una persona a quien quiero mucho me lanzó esta sentencia, -después de enterarse de mis intenciones de abandonar mi trabajo, recorrer Ecuador sin prisas y apuntarme en un voluntariado, con el ánimo de integrarme a una comunidad y conocer su realidad- “No superas tu adolescencia, porque no la viviste bien, por eso no quieres aceptar tu edad ni tu adultez” – Me dijo.

Confieso que al leer el mensaje sentí ganas de llorar y de obligarme a continuar con un trabajo que me daba lo suficiente para beber las botellas de vino que quisiera e ir al cine una vez por semana. Vi pasar imágenes de amiges, primes y conocides; en su mayoría con hijes, autos o conviviendo sonrientemente en pareja. Me veía en una habitación solitaria, me sentía inestable por no querer eso que casi todes quieren y sí, me sentía infantil con mis uñas cortas y mi cara pálida y sin maquillaje. Y pensé y le di vueltas a mi memoria y, victoriosamente, renuncié a mi trabajo de oficinista, vestí a Mandarina (mi mochila) y me despedí de Buenos Aires. Hoy, después de 11 meses de esa decisión me siento satisfecha porque le aposté todo a tres palabras que resumen mi idea de la vida necesaria: pasión, sueños y valentía. Si apostarle a este triángulo es sinónimo de adolescencia; me declaro defensora y revolucionaria de esta etapa que en mis 15 significó contemplaciones absurdas frente al espejo del baño y dietas, aún más estúpidas, para sobrevivir al canon de belleza perfecta impuesta en la tele venezolana y que hoy, a mis casi 30, se han transformado en kilómetros de carreteras sudamericanas, conversaciones con gente real y hogares itinerantes en los que el movimiento se convierte en rutina.

 

Estación Azul – Argentina

 

De cuando fui capullo

En mis años por Caracas recibí una invitación: viajar a Cuba de mochilera. La grandiosa idea venía de alguien a quien tuve idealizado por mucho tiempo, hasta que comprendí que ni elles ni les dioses materializados en cerámica y pintura al frío son buenes para nuestra vida. Entonces, nos fuimos y cuando aterrizó el avión y sentí que era la cosa más normal del mundo, vislumbré un augurio, me llené de felicidad y las semanas siguientes fueron como un lienzo repleto de sensaciones y dudas.

 

Mujer Shuar – Ecuador

 

Para mi compañero viajar era lo más parecido a inyectarle texturas y colores a los ojos, pero él siempre advertía que una mujer viajando sola era improbable, que representaba un peligro, que siempre era mejor ir con un hombre o grupo, pero sola ¡nunca! Esa chispa comenzó a hacer mecha en mi cabeza, me generaba malestar y aunque entendía que mis padres pensaban lo mismo, no acababa de comprender las razones para tanto machismo y misoginia.

Pero la primavera estaba cerca

Si en un lugar me identifiqué con el auto-renacimiento fue en Buenos Aires, porque allí llegué sola, viví las consecuencias de mis decisiones y me hice amiga de una palabra que me gusta mucho: em-po-de-ra-mi-en-to. “Hacerte cargo de vos misma” dirían mis amigas porteñas, sin tener a nadie más a quien echarle la culpa y me parece una solución hermosa; porque de eso se trata vivir, de asumir riesgos y convertirlos en realidades pese a cualquier pronóstico de tormenta. Eso fue Argentina, un salto, un boleto abierto por Bolivia, Perú y Chile, que se transfiguró en energía vital cuando haciendo dedo recorrí, junto a mi amiga Desi, la costa uruguaya con poco menos de $100 en los bolsillos.

 

Valle Mifafi – Venezuela

 

Derribé el falso mito de mujer viajando sola es igual a peligro, conocí a muchas otras mochileras con vestidos, me integré a comunidades alejadas de los circuitos turísticos, abracé a niñes a orillas de ríos y habitantes de casas de adobe. Descubrí Sudamérica y me re-descubrí a mí misma, sin maquillajes, sin súper cuentas bancarias ni seguros médicos pre-pagados; abrí mis brazos, mi cabeza y mis creencias hasta eliminar cualquier limitación propagandística de que viajar es sinónimo de muchos billetes verdes y, de lo que me siento más orgullosa, pasé noches enteras llenando cuadernos con mis vivencias y observaciones de paisajes y personas con quienes pude conectarme en vivo, sin necesidad de Internet.

Ahora me reconozco jardín

Mis últimos años en Buenos Aires fueron el clímax: vivía muy cómoda en una casona con cuarto de estudio, pero apenas dedicaba mínimas horas a la escritura y al movimiento. Entonces pensé. ¿Qué me hace feliz? –Escribir. ¿Cómo quieres vivir? –En movimiento. ¿Qué necesitas? –Crear.

En junio de 2015 abrí Los viajes de Os, un blog que se me parece a un jardín porque en él riego a mis flores más queridas: con la escritura hablo de la chola y sus tortillas de maíz en el mercado, con la fotografía muestro la realidad que observo mientras viajo y, con ambas creo un mundo propio en el que la bondad humana sí existe y lleva traje de humildad, amor y trabajo.

Ahora he vuelto a decidir y estoy reescribiendo mis cuadernos, dándoles forma de libro, páginas que hablen de Sudamérica, Cuba y de mí, esa adolescente que cree, aunque se resfríe con la lluvia.

Osjanny Montero González, Mérida (Venezuela)

Blog: Los viajes de Os

 

6 Comentarios

  1. sol garcia gerboles

    se me corrieron las lagrimas, hermoso texto, GRACIAS.

  2. Gracias Osjanny (qué nombre tan bonito) por tu artículo. Me siento en gran parte identificada contigo. A mis 22 salí de Europa para viajar a Asia durante 1 mes. Lo hice al lado de un hombre, mi hermano, y el mundo se abrió ante mí. Andé a ratos sola por calles donde no hablaban mi idioma y sin embargo no sentí miedo, al contrario, la curiosidad se abría paso entre la gente y crecía cada vez más imponentemente.
    Dos años más tarde viaje sola durante 1 mes por sur américa. Ese viaje cambió mi vida, mi mirada, mi ser. Efectivamente me empoderó. Viaje sin miedo, con mi mochila a la espalda y abierta a adentrarme a un nuevo mundo sin escuchar las voces que me hablaban de robos, violaciones y secuestros. Conocí en la ruta personas hermosas, hospitalarias, abiertas, en armonía con la tierra y con sus iguales. Y conocí también mujeres valientes que quisieron salir de su zona de confort y se animaron también a viajar solas. Y aquí estoy, planteandome igual que tu lo hiciste en su momento, dejar mi trabajo y partir allí donde conocí otra parte de mí y donde pude sentir una gran sensación de bonita libertad.
    Un abrazo!!

    • Hermoso testimonio Marie! Se que somos muchas, se que el mundo es más bondadoso que lo que nos han contado hace años infinitos. Sigamos viajando y descubriendo que es así. Abrazos de vuelta.

  3. CoteMaitasuna

    Que bonito leer esto. Me encantaría salir y viajar por América Latina y el mundo, pero tengo miedo. ¡Esto me da muchas esperanzas! Me pasaré por tu blog.
    ¡Saludos!

    • Gracias por tus palabras CoteM…Al principio, también tenía miedo pero después aprendes que el mundo es más generoso de lo que te cuentan desde chica. Pásate por el blog y verás que es así (: Abrazos.

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