Svetlana Alexiévich y las mujeres de la guerra

Si hay un libro que consideramos obligación leer en este año que comienza a cerrarse es “La guerra no tiene rostro de mujer”, de Svetlana Alexiévich ¿Querés saber por qué? Acá te lo contamos.

Ilustración: Laura F.

“La guerra no tiene rostro de mujer” es un maravilloso y emocionante libro escrito por Svetlana Alexiévich. Muchas veces apabullante y otras tantas conmovedor. A lo largo de sus extensas 365 páginas, la autora condensa y reproduce una infinidad de testimonios de mujeres que participaron en el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial. De un modo casi ascético, con algunas introducciones personales en cada capítulo y con algunas apreciaciones subjetivas sobre el conflicto, la memoria, la identidad, la guerra, la paz, el amor, la verdad y la mujer, Svetlana nos muestra sus sensaciones casi únicamente a través de las palabras de las cientos de mujeres que entrevista.

Para quienes todavía no han tenido la oportunidad de leer este hermoso libro y las historias que en él se esconden, podemos decir que se trata de una casi inacabable cantidad de recuerdos y memorias de mujeres que se alistaron (en su mayoría, ¡voluntariamente!) en el Ejército Rojo de la Unión Soviética para hacer frente a los nazis y para defender su patria. ¿Qué podría tener de nuevo o de interesante este aporte a la crónica literaria? Mucho.

Según lo que plantea la autora, las cientos de miles de mujeres que participaron activamente en la contienda militar, no sólo como secretarias o enfermeras sino también como soldadas, pilotas, comandantas y otros cargos de enorme jerarquía militar, han sido olvidadas y muchas veces negadas por la historia del mismo país por el cual lucharon, por el cual quedaron lisiadas o por el cual perdieron a toda su familia.

Quien nos brinda la posibilidad de conocer sus historias y cómo las mismas perviven fuertemente en la memoria luego de tantas décadas tiene una intención: conocer la experiencia de la guerra desde los ojos de una mujer. La historia oficial, contada por hombres, no puede explicar los sentimientos y sensaciones de ninguna de ellas. La historia oficial, desapegada de las experiencias subjetivas y muy cercana a la necesidad de contar una Verdad con mayúscula, no puede tener en cuenta los testimonios individuales de cada una de las mujeres que participaron en ella. Porque las mujeres, a pesar de que a muchos le pese, también contribuimos a construir la historia de un país.

Una de las cosas más llamativas, y tal vez, una temática que se encuentra a lo largo de todo el libro, tiene que ver con la edad y la fortaleza de muchas de estas mujeres soviéticas. ¿A qué nos referimos? Usualmente acostumbrades a pensar la guerra como un mundo masculino, de hombres grandes y adustos, cuesta imaginar a jovencitas de 15 años decididas a enlistarse para defender su país y preparadas para pilotear aviones, comandar tropas o encargarse de pesadas máquinas de artillería.

Pero sí, así fue. Las enormes, gigantescas mujeres soviéticas (algunas de ellas enlistadas en el ejército oficial, muchas otras partisanas) se organizaron conciente y voluntariamente para defender su tierra, su familia. Buscaron deseosamente ser parte de ese ejército y si eran rechazadas, desesperaban. En muchas ocasiones, estas protagonistas de la historia (hoy ancianas de avanzada edad) cuentan cómo las carcomían por dentro las ansias de formar parte de algún batallón y cómo, si se les negaba la participación por su edad o por no requerirse soldados, pasaban meses haciendo cursos de preparación indispensable para que no les volvieran a negar la posibilidad de luchar por lo que más amaban: su mundo conocido.

No hay una sola de estas mujeres que haya vuelto a su casa del mismo modo que algún día se fue. Los dolores, el sufrimiento, el pesar, la angustia, el hambre, el frío, la falta de un final seguro, los ruidos o el silencio, la noche, la ausencia de sus más queridos, la violencia extrema y la sangre en todos lados son sólo algunos de los elementos que estas valientes mujeres relatan en sus historias cuando hablan con Svetlana (muchas prefieren hacerlo cara a cara, sin presencia de sus familias y mucho menos de sus maridos que suelen imponerles su versión de la guerra). Perdieron en la guerra su adolescencia, su juventud, sus años más enérgicos, algunas volvieron a los veinte años (tan sólo cuatro años después de haber partido) con un espíritu de mujeres ancianas. Así era el desgaste físico y principalmente emocional que la guerra dejó en sus cuerpos y en sus almas.

Como nuestra autora no busca en ningún momento establecer una Verdad distinta a la oficial, sino recoger los testimonios de miles de mujeres que han permanecido silenciados por décadas, podemos encontrar ejemplos de mujeres que dejaron todo atrás, mujeres que se enamoraron y perdieron, otras que conocieron al amor de su vida. Hay testimonios de mujeres que sólo pensaban en sus hijos y de otras que celebraban poder llevar un vestido por primera vez en años. Algunas cuentan su deseo de haber sido madres y otras recuerdan su amor por la patria. Sus voces nos hacen sonreir cuando nos cuentan su emoción por poder maquillarse y nos arrancan lágrimas cuando leemos su lucha intensa por salvar a sus compañeras.

Cualquiera sea el caso, el mensaje es claro. Nunca es muy tarde ni muy temprano para luchar por lo que uno ama y por aquello que uno desea defender. Estas mujeres, jovencitas en aquel momento, hoy mujeres al final de su vida, nos dan un ejemplo de valentía, de ímpetu y de una extraordinaria fortaleza que debería ser reconocida por cada una de nosotras.

 

1 Comentario

  1. Una dulce mirada perdida que se confronta con la nuestra, un viaje que dos desconocidos emprenden por Madrid, tantas cosas por decir, ardo en deseos de hablar pero mi boca calla. Por que callas?. Jamas volvere a ver a esa desconocida que se bajo en la parada anterior a la mia, sin embargo siempre la recordare. Que cobardia mas grande y que gran dolor

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