Sola, pero no desolada

La soledad es necesaria para el crecimiento personal y desconectarla de la desolación es un ejercicio feminista de despatriarcalización.


Ilustración: Mitucami Mituca


Me gusta estar sola. Mucho. A veces siento que me pierdo a mí misma buscando tanto la soledad. Y a veces siento que me pierdo a mí misma estando con gente, y que sólo me reencuentro cuando paso tiempo en mi caparazón. ¿Escudo protector o membrana envolvente que permite que el interior se desarrolle? ¿Muralla con foso y dragones o simple valla que delimita mi yo?

La gran mayoría de las veces, vivo mi soledad como algo positivo, como una necesidad interna a la que debo escuchar y escucho con atención. A pesar de que hay relaciones que se erosionan con ciertas faltas de contacto social, tengo la suerte de tener muchas otras que son inalterables, y se agradece no sentirse sola en la soledad. Supongo que una cosa es querer estar sola y otra que te dejen sola. Por fortuna, tengo buenísimas amigas que no me dejan sola sino en mi soledad o, en palabras de Marcela Lagarde, que me dejan sola pero no desolada.

Esta distinción que realiza Lagarde entre soledad y desolación me ha resultado siempre muy estimulante. Se asocia la soledad con sentimientos negativos. Además, el sesgo de género que esta asociación tiene es innegable: a las mujeres se nos educa para estar aterradas de la soledad, para que la soledad nos desole. Lagarde deconstruye este miedo a la soledad que nos inculcan a las mujeres desde la infancia, este sentimiento de dependencia que mina nuestras posibilidades de independencia y autonomía. Lagarde nos enseña que nuestra autonomía necesita soledad, soledad vivida sin desolación.

Desconectar la soledad de la desolación es un ejercicio feminista de despatriarcalización. Tenemos que aprender a vivir nuestra soledad sin negatividad, a cultivar nuestros espacios propios. En ellos, podemos desarrollarnos como sujetos autónomos, alejados de los valores de dependencia patriarcal que se nos inculca como mujeres.

La estructura social entera espera que no disfrutemos de la soledad, sino que caigamos en la desesperación si nos quedamos solas. Por “si nos quedamos solas” se entiende si nos quedamos sin pareja masculina: da igual que no tengas amigas, que no tengas familia ni intereses propios; si tienes pareja no estás sola, todo está bien. Si no tienes pareja, da igual que tengas mil proyectos, amistades buenísimas y una vida social envidiable: estás sola. Como sigas así te vas a convertir en una solterona, en una loca de lxs gatxs (apasionante, por cierto, sería analizar la figura de la mujer con gatx, cómo se relaciona la compañía gatuna con el aislamiento social y con mujeres independientes -las brujas, por ejemplo-. Las compañeras de Sangre Fucsia ya comenzaron esta labor en este programa: Gatas, Mujeres-Gato y Locas y Mujeres con Gato).

Si tienes pareja masculina, tampoco se entiende que cuides de tus espacios propios y cultives tus espacios de soledad. No se entiende que viajes sola, que vivas sola, que pases gran cantidad de tu tiempo disponible sin la compañía de tu pareja por elección propia. Se espera que llenes tu vida con su compañía constante, que se convierta en el pilar de tus espacios y tus tiempos.

Una habitación propia, marca Virginia Woolf como una necesidad en la vida de las mujeres. No una habitación compartida con tu pareja masculina: una habitación propia. Un lugar en el que estás tú, principalmente; un lugar en el que desarrollas tu autosuficiencia. La existencia de tu espacio personal infranqueable, de tu habitación propia, se consigue en soledad, y proporciona herramientas poderosas para enfrentarse a los valores de esta sociedad machista que nos quiere sumisas y dependientes.

Quizás por mi trabajo, relacionado con la filosofía, necesito soledad, tiempo para pensar, para escribir, para poner en perspectiva fragmentos de mi yo. Pensar colaborativamente y realizar puestas en común es muy estimulante, e incluso necesario, pero es innegable que también ha de ir acompañado de una reflexión solitaria en la que se configure nuestro propio pensamiento.

No sólo es importante la reflexión individual en lo intelectual, sino también, como lo he señalado anteriormente, en lo emocional y lo afectivo. Estar a solas con nosotras mismas nos hace tener que enfrentarnos a nuestros miedos, a nuestras inseguridades. Así, somos capaces de señalarlas y combatirlas. Descubrimos también nuestros intereses e inquietudes, nuestros gustos, nuestras pasiones y aversiones, aquello que nos hace vibrar y temblar de placer o de terror. En definitiva, nos descubrimos a nosotras mismas en todos los aspectos de nuestra existencia.

Lagarde propone la soledad como metodología, como proceso de vida. Es la soledad, sin desolación ni angustia, la que nos permite prosperar como sujetos. Siempre me ha gustado la siguiente frase de Simone de Beauvoir: “Soy demasiado inteligente, demasiado exigente y demasiado ingeniosa como para que alguien pueda encargarse de mí completamente. Nadie me conoce o me ama totalmente. Sólo me tengo a mí misma”. No me siento totalmente identificada con esta frase, porque considero que rezuma cierto altanerismo intelectual que admiro en Simone de Beauvoir, pero que evito a toda costa en mi propia vida. Sin embargo, pienso que todas deberíamos trabajar por conseguir identificarnos en cierta medida con esta afirmación: deberíamos creernos inteligentes, exigentes e ingeniosas. Deberíamos rechazar que alguien se encargarse de nosotras totalmente, y deberíamos guardar resquicios de nosotras mismas que son sólo accesibles a nosotras mismas, y que ni siquiera compartimos con las personas a las que amamos. Así lograríamos ser seres independientes que no se desaniman ni se desmoronan ante la perspectiva de estar en soledad.

Deberíamos reconocer y reivindicar que estos espacios propios son propicios para fomentar el crecimiento personal y que, además, pueden asentar también las bases de relaciones sociales sanas. Cierta soledad es necesaria para después poder tener relaciones sociales basadas en la libre asociación de dos personas independientes.

Deberíamos ser capaces de proteger nuestros espacios propios aun cuando estamos en compañía: cuando tenemos pareja, cuando tenemos proyectos con otras personas, cuando tenemos que cuidar de nuestra familia. Para ello, despojar a la soledad de la carga negativa que conlleva en nuestra sociedad es fundamental.

Así que no me voy a inquietar si me espera un futuro de loca de lxs gatxs: mucha compañía gatuna y poca, pero buena, compañía humana. Firmo ya donde sea.

 

6 Comentarios

  1. Sangre Fucsia

    Hola Mónica,
    Gracias por mencionar nuestro programa. Efectivamente, como buenas mujeres con gato, hay un montón de escritoras que acompañaron sus vidas con felinos y no nos parece casual que mujeres independientes y que nos representan muchísimo sean mujeres con gato.
    Abrazos!

  2. Tilo dourado

    Un juego de palabras exquisito:resume el peregrinaje de mi vida.
    La magia de todo ello es,desde mi punto de vista,la aceptacion de nosotros mismos,de nuestros valores;nuestra fuerza y nuestra debilidad.
    Somos lo que somos,como somos,quienes somos…Eso es suficiente para no sentirnos amedrantados o disminuidos frente a la inmensidad que nos rodea y,a menudo,nos amordaza y nos engulle.
    Gracias,Monica,por existir y compartir algo tan sencillo y tan fundamental con nosotros.
    Gracias,Mituca,por dar vida a esas palabras.

  3. Excelente articulo ! Simplemente me fascino .

  4. Genial Monica, al leerlo siento como si lo hubiera escrito yo misma. Gracias

  5. Alicia Puleo

    Estupenda y muy necesaria reflexión!

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