Fluctuando entre géneros: género fluido

Irene nos habla del género fluido. No sólo existe la opción de sentirse hombre o sentirse mujer, hay otro mundo más allá.


Ilustración: Laura F.


Etiquetas. Es algo que nos encanta hacer: poner etiquetas. Y es lógico, así todo nos resulta más sencillo, más comprensible. Si ponemos algo en una categoría estanca es como que nos facilita su comprensión y, de esta manera, nos orienta en la forma en la que nosotras decidimos actuar al respecto. Es como una brújula. Es cómodo, práctico, sencillo.

Y si con algo solemos poner etiquetas a mansalva es con las personas. Nos encanta categorizarnos entre nosotras, de esta manera sentimos una cierta sensación de control, de saber por dónde nos estamos moviendo. Nos sentimos más seguras. Disminuye nuestra ansiedad.

Esta categorización no sólo nos sirve para tranquilizarnos dándonos esa ficción de sensación de control, sino que de manera inconsciente la ligamos a juicios morales: algo que está en esta categoría (una que conocemos) es bueno; lo que está en aquella (normalmente algo desconocido, que escapa a nuestros patrones establecidos) es malo. Es mejor o es peor. Y lo que siempre, siempre resulta ser «mejor» es aquello que ya conocemos.

Pero no es por otra cosa que por lo que decía antes: nos resulta cómodo, nos orienta, nos da la sensación de que controlamos la situación y nos disminuye el miedo a lo desconocido. Por eso, cuando algo se sale de nuestro alcance, de lo que solemos conocer, automáticamente tenemos una respuesta de rechazo. Porque sentimos que se nos escapa de las manos y nos incomoda. Porque lo que no conocemos cae en la categoría de «malo», una respuesta hasta cierto punto lógica ya que responde a nuestro miedo. Y no sabemos cómo reaccionar ante ello, cómo actuar. Porque lo diferente nos interpela, nos cuestiona. Nos saca de nuestras casillas de lo conocido.

Además el sistema cultural en el que vivimos es el que va a configurar las bases de esta categorización, de las etiquetas que vamos a poner. Y si en algo se empeña nuestro sistema cultural es en dividirlo todo en binomios: bueno o malo, grande o pequeño, blanco o negro. Y así también lo hace con el género: hombre o mujer. Sin más opción.

Cuando nacemos nos identifican en función de nuestros rasgos físicos con un género o con otro. Nos categorizan como hombre o como mujer. O eres una cosa o eres otra, sin más. Pero en realidad podemos sentirnos fuera, más allá de esas categorías o incluso en ninguna de ellas. Porque, aunque nos vendan lo contrario, el género no es dependiente de nuestros rasgos físicos. No depende de si tenemos pene o vagina. No depende de si tenemos tetas o no. Porque el género es algo construido, no algo dado. Es una cuestión de cómo nos sentimos: si nos sentimos más cerca de las características de un género o del otro.

Pero también es cierto que en cuestiones de género no todo es ser una cosa u otra. También hay estados intermedios. Y también está la opción de no sentirse identificado con ninguna de esas dos etiquetas. Y, dentro de todo esto, tampoco es que se tenga que sentir siempre de la misma manera: podemos fluctuar entre géneros.

Sí, hay gente que siente que su género es fluido (genderfluid en inglés). Que siente que no siempre se siente mujer o no se siente siempre hombre. Es el caso de la cantante Ruby Rose, como ella misma manifestó, y además hace una demostración gráfica al respecto en su vídeo musical Break Free.

En el caso del genderfluid nos topamos con la madre del cordero en cuanto a la tendencia de categorizarlo todo de la que hablaba al principio. Porque aquí ya no se trata solamente de que una mujer se pueda identificar como hombre o viceversa (con lo que ya cuesta de por sí que se acepte la transexualidad el transgénero), sino que se trata de un estado no permanente, de algo que fluctúa, algo que no es fijo. Algo que hoy puede ser una cosa y mañana otra. Algo que puede cambiar incluso en pocas horas.

La gente que pasa por estas fluctuaciones incluso puede sentir que no pertenece ni a un género ni a otro. Las personas que se sienten así no sólo tienen que convivir con los dilemas que a veces les puede suponer sentirse fluctuando en un mundo en el que todo lo tenemos tan marcado y tan cuadrado. También se tienen que enfrentar a las otras personas, a las que miramos, a las que tenemos esa necesidad de meterlo todo en categorías estancas sólo para sentirnos mejor con nosotras mismas.

Imaginaos: un día te sientes mujer. Vistes y actúas como mujer. Pero una semana después te identificas más como un hombre y actúas y vistes como tal. La gente te va a mirar raro, como mínimo. Va a pensar que algo te pasa, que estás confundida, que eres un bicho raro o que no hay quien te entienda. Como si fuera necesario que los demás, aquellas personas a las que no conocemos, nos entiendan. Como si el problema lo tuviera la persona con género fluido y no la persona que la mira con extrañeza.

Además este colectivo se enfrenta a una invisibilidad puesto que, a parte de la mencionada Ruby Rose (que no es que sea tampoco la más conocida de las famosas) ¿quién se ha manifestado como genderfluid? ¿Quién conoce de hecho este término? Si incluso términos más conocidos como la transexualidad sigue siendo hoy día vista como algo muchas veces aberrante (viva la libertad de quienes piensan así…). Si incluso se sigue confundiendo la orientación sexual con la identificación de género. Imaginaos qué sucede en nuestra mente cuando vemos a alguien que no está permanentemente en ninguna posición genérica. E insisto, sin referentes públicos, sin nadie que dé visibilidad a esta opción. A mucha gente puede casi literalmente explotarle la mente; Porque no encaja ni en la más remota de las categorizaciones estándar que solemos tener.

Por último apuntar que esto de la fluidez también puede afectar a la orientación sexual; Porque a veces se entiende que en personas bisexuales, por ejemplo, te gustan las mujeres al 50% y los hombres al otro 50%. Pero no tiene por qué ser así, tampoco. Puedes también fluctuar en tu sexualidad. Puedes estar meses sintiéndote lesbiana. Y luego estar dos semanas con una atracción brutal por los hombres. Y también se puede pasar por periodos totales de asexualidad. ¿Qué tiene de malo? ¿Que no se encaja en lo que se espera? Porque si es esto no veo el problema por ningún lado.

En ambos casos, tanto de género fluido como de orientación sexual fluida, no es que no se tenga nada claro. No es que estés confundida con tu orientación o con tu identidad. Se trata de que tienes muy claro que no son cuestiones estancas.

¿No sería más sencillo si admitimos que no tenemos la verdad absoluta y muchísimo menos sobre otras personas y asumiéramos que no cabemos en pequeñas cajitas mentales?

 

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